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Un poco de chocolate

 
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Anika
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MensajePublicado: Jue Oct 09, 2008 2:09 pm    Título del mensaje: Un poco de chocolate Responder citando

UN POCO DE CHOCOLATE
Director: Aitzol Aramaio

Por Patricia Tena


Hay películas cuyo punto fuerte es la acción, otras tienen diálogos memorables o una hermosa fotografía. De vez en cuando también aparecen pequeñas películas sin aparentemente grandes pretensiones pero con unos personajes conmovedores. Un poco de chocolate es una de ellas.

El director Aitzol Aramaio adapta la célebre novela del profesor bilbaíno Unai Elorriaga, Un tranvía en SP, esta vez bajo el nombre de una de las actividades preferidas del protagonista.

La historia gira entorno a cuatro personajes: Lucas y María, dos hermanos mayores que sólo se tienen el uno al otro; Marcos, un joven que se ha escapado de casa y Roma, una enfermera soñadora.

En Un poco de chocolate apenas hay acción, el espectador simplemente pasea por los sentimientos de estas cuatro personas, cuya misión parece que sea enseñarnos que en la vida constantemente se pierden muchas cosas pero se ganan otras. Por eso mismo, no es de extrañar que a uno no le quede en la boca el sabor dulce del chocolate, sino más bien uno agridulce: el sabor de la vida misma. Para trasmitirnos estos pedacitos de vida era necesario una impecable interpretación de sus actores, los personajes debían transmitir multitud de emociones y, sobre todo, ternura. Y aquí lo consiguen.

Lucas (Héctor Alterio, El hijo de la novia) es quien lleva el verdadero peso interpretativo. Encarna a un adorable viejecito aquejado de alzehimer que sueña – estando despierto y dormido- con dos cosas: subir a la famosa montaña Sisha Pagma y la imagen de su fallecida mujer, Rosa, quien “era experta subiendo a los tranvías”. Y esta frase, tan recurrente en el film, provoca una sonrisa en el espectador porque nos hace ser conscientes de las cosas a las que nos aferramos, de aquellos detalles aparentemente insignificantes que se convierten en el mejor recuerdo que podemos tener de una persona. Que conservan su esencia.

Lucas nos hace reír y sufrir en proporciones equiparables. Viéndole dan ganas de coger el teléfono y llamar a aquel abuelo que nos espera en su casa y al que probablemente no veamos lo suficiente por esa falta de tiempo tan característica de los jóvenes. Ver a un hombre tan encantador como él, que vive de sueños y sueña que vive, derrotado por la edad llega a resultar desesperante. Durante la hora y media de metraje, no serán pocos los que tengan el corazón en un puño y vayan repitiendo para sí mismos “que nada malo le pase”.

Y es que cuando conocemos a Lucas él ya no es capaz de distinguir lo real de lo imaginario, ni lo que ocurre realmente de lo que sueña. (Especialmente conmovedor el momento en que muy aturdido y nervioso le cuenta a su confidente, Marcos, que está soñando cosas horribles. Cuando éste pregunta qué clase de cosas, contesta: “Soñaba que Rosa está muerta”), y su mirada duele. Sin más.

María (Julieta Serrano, Mujeres al borde de un ataque de nervios) es su hermana, la que se encarga de cuidarle. Era profesora, pero dejó de escribir cuando su novio murió ahogado. La llegada de Marcos hará que vuelva a pensar un poco más en sí misma ya que, hasta el momento, su mayor ocupación era vigilar a Lucas. Ella encarna a la mujer sacrificada pero que, igualmente, está agradecida por seguir viva – mientras todos a los que amó ya no lo están- y tener la compañía de su hermano.

Por otra parte, nos encontramos con los protagonistas jóvenes: Marcos (el siempre interesante Daniel Bruhl, Goodbye Lenin), un joven que se ha escapado de su casa por la incomunicación que había con sus padres y que ahora se dedica a preparar un sushi que todos odian – pero nadie le confiesa- y a tocar el acordeón. Cómo Marcos y Lucas se hacen inseparables merecería un capítulo aparte, es un magnífico retrato que nos hace recordar que en asuntos de amor, la edad no importa nunca, y que nos muestra que dos personas que se llevan cerca de 60 años de diferencia pueden complementarse y aprender mucho el uno del otro.

Sin embargo, creo que el papel de este actor alemán nacido en Barcelona está un poco desaprovechado. Bruhl ya nos ha mostrado que puede dar mucho más de sí (veáse por ejemplo, Salvador), y aquí parece que vaya un poco a remolque de lo que le marcan los personajes de Lucas y de Roma.

Ella (Bárbara Goenaga, El regalo de Silvia), también es un tanto ambigua. No sabemos de dónde viene esa fascinación por Marcos, por quien parece estar obsesionada – en el peor sentido de la palabra- durante la primera parte del film. Probablemente sea el típico caso que estamos acostumbrados a ver en las salas de cine: una joven que se siente sola que desea que la quieran y hace lo que sea para llamar la atención, algo que probablemente todos hayamos experimentado en algún momento.

Es curioso observar que, de cierto modo, estos cuatro personajes viven en cuerpos que no les corresponden. Mientras los mayores sueñan con su juventud y la reviven con pasión; los jóvenes no son capaces de aprovecharla (hasta que se reencuentran, claro está y se sienten complementados) y viven como viejos.

Un poco de chocolate habla sobre la soledad, los lazos afectivos y el amor en todas sus vertientes y formas. No tanto del amor romántico -que también lo hay- sino del amor fraternal, ése que te hace experimentar la magnífica sensación que produce el que alguien nuevo entre en tu vida, ver cómo un desconocido pasa a ocupar un lugar importante, y gracias a él, sentirte protector y protegido a la vez.

El espectador llega a olvidar que son personajes y piensa en ellos como personas, y por eso ríe y sufre con lo que les toca vivir. Estoy convencida de que aquellos que aún no hayan leído la novela, correrán a comprar un ejemplar. Porque aunque en esas páginas no puedan ver la tierna mirada de Lucas, o la enigmática sonrisa de Roma, querrán volver a disfrutar del Sisha Pagma, de los sueños que se cumplen y de los que no, del chocolate, de los tranvías que transportan a bellas mujeres y de ésa amistad inesperada, la más bella, aquella que surge cuando menos te lo esperas y que acaba siendo imprescindible en tu vida.
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